El segundo domingo de Adviento contiene una llamada poderosa a la conversión. Juan Bautista llama a la conversión con tonos severos y denuncia la actitud de quienes con apariencia de respetables son «raza de víboras» que esconden en su interior una radical oposición a Dios. El profeta les dice que el hacha está puesta en la raíz del árbol que, si no da buen fruto, será talado y echado al fuego. La fuerza de esta imagen, que anuncia la cercanía del Mesías, remite al núcleo de su predicación: el Reino de Dios está cerca. Los hombres son invitados a acoger al Mesías que trae la renovación del universo y del mismo hombre.

            El texto poético de Isaías, proclamado en este domingo, describe el nuevo orden que trae el Mesías, basado en la justicia y rectitud, en la paz que supera toda violencia y enfrentamiento. El

La lógica de la fe cristiana es apabullante. Todo cuadra en la relación de unos dogmas con otros. Nada queda descolgado en la urdimbre de la fe. No hay hilos sueltos. La razón de esta lógica reside en la verdad de Dios. Dios no puede mentir ni negarse a sí mismo. Cuando el prólogo de san Juan afirma que «el Verbo se hizo carne», dice de modo indirecto que la carne del hombre es capaz de Dios. De hecho, Dios había dispuesto desde toda la eternidad que su Hijo se encarnara y revelara la verdad sobre Dios, sobre el cosmos y sobre el hombre con su sola presencia en este mundo.

«Caro cardo salutis», decía Tertuliano. La carne se ha convertido en el quicio de la salvación. Por eso su Palabra, como indica el mismo término hebreo dabar que puede traducirse por palabra y por acción, es al mismo tiempo algo que acontece.

Hay milagros de Jesús que dicen mucho más de lo que sugiere una primera lectura. Hoy leemos el Evangelio de san Lucas sobre la curación de los diez leprosos. Yendo de camino entre Samaría y Galilea, antes de entrar en una aldea, diez leprosos, guardando la distancia exigida por la ley, suplican con gritos a Jesús para que los cure. Jesús no se acerca a ellos, como en otra ocasión, sino que les ordena que vayan a los sacerdotes, que tenían la autoridad para confirmar la curación. Ellos obedecen y, cuando iban de camino, sucedió el milagro: estaban limpios. Al darse cuenta, uno de ellos se vuelve hacia Jesús alabando a Dios, se postra a sus pies rostro en tierra y le da gracias. san Lucas añade: «este era un samaritano».

            Este pequeño añadido sobre la condición samaritana del leproso curado tiene una clara

Siempre me han sorprendido las palabras de Jesús sobre la fe que leemos en el Evangelio de este domingo. Cuando sus discípulos le piden que les aumente la fe, Jesús dice: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: arráncate de raíz y plántate en el mar, y os obedecería» (Lc 17,6). Un grano de mostaza es una pizca en la palma de la mano. Apenas se ve. ¿Tan poca fe tenían los discípulos —me pregunto— que no alcanzaban lo que pedían? La hipérbole es legítima, desde luego, pero ¿hasta este extremo? ¿No tenían la fe de un grano de mostaza?

            Quizás la clave de este dilema esté en lo que entendemos por fe. Quienes recitamos el Credo en la misa o en la oración personal tenemos fe, y fe verdadera. Quienes recibimos los sacramentos de la Iglesia, lo hacemos con fe. Sin embargo, la fe no

Jesús se rodeó durante su ministerio del grupo de los Doce Apóstoles y de un grupo de mujeres que le ayudaban incluso con sus bienes. Algunas habían sido sanadas por él de diversos males y otras pertenecían a las clases altas de la sociedad como Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes. La tradición ortodoxa honra como santa a la mujer de Pilato, Claudia Prócula. El aprecio de Jesús a las mujeres está fuera de toda discusión como indica la elección de María Magdalena como primer testigo de su resurrección. Este grupo de mujeres aparece en la cercanía del Gólgota viendo la muerte de Jesús. A ellas se apareció Jesús cuando regresaban del sepulcro vacío. Tampoco sería extraño que Jesús contara también con mujeres simpatizantes entre las esposas de los miembros del Sanedrín —como Nicodemo y José de Arimatea— que defendieron a Jesús y le honraron en la sepultura.

Hay ocasiones en que Jesús, como maestro de moral, «elige escandalizar a su auditorio para interpelarlo mejor» (F. Bovon). Así sucede en la parábola del administrador infiel, que leemos este domingo. Siempre ha causado sorpresa y desazón en los lectores que Jesús alabe la conducta de un administrador deshonesto, quien, al saber que su señor está a punto de despedirlo, se aprovecha de su cargo y rebaja por su cuenta la deuda de los clientes para ganarse amigos que le ayuden cuando esté en la calle.

            Si leemos con atención la parábola, el dueño (que, en realidad, es Jesús) no alaba la mala conducta del administrador convertido en ladrón, sino la astucia que despliega cuando su vida peligra. «Ciertamente —dice Jesús— los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz» (Lc

Las sorprendentes parábolas de la misericordia que leemos en este domingo —la dracma perdida, la oveja perdida y el hijo pródigo (no perdido)— nos descubren las entrañas de Dios tal como las conoce Jesucristo. Si hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (según ellos, claro), quiere decir que Dios necesita de los pecadores para que el cielo no se abisme en la tristeza. No se me malinterprete pensando que animo al pecado para que el cielo no pierda su alegría. Quiero decir que la alegría de Dios es infinita, como todo lo suyo, cuando un pecador se levanta del fango para volverse al Padre. Dios, descrito por Jesús, como el anciano padre que otea el horizonte con la esperanza de ver retornar a su hijo, se revela mejor a sí mismo cuando recrea que cuando crea. Crear de la nada, para Dios, es sencillo. Recrear lo malogrado es un acto tan

El comienzo de curso es una invitación a la esperanza. Este curso, además, iniciamos un trienio pastoral (2023-2025), bajo el lema de «Hago nuevas todas las cosas», tomado del libro del Apocalipsis. Cristo, el Hijo de Dios, ha venido a renovar el plan de Dios e invitarnos a la verdadera novedad sobre el cosmos y sobre el hombre. Hacer nuevas todas las cosas significa entrar en el dinamismo de Cristo y colaborar con él en la recreación de todo. Se trata de una meta ambiciosa y posible, porque Cristo ha resucitado de entre los muertos y ha metido en la entraña del hombre y del cosmos el germen de la renovación.

            Durante estos tres años, tendremos como objetivo la evangelización con misioneros evangelizados. De esto se ha hablado mucho desde el Concilio Vaticano II, pero hemos avanzado poco. No

La relación del hombre con Dios puede contaminarse con los mismos vicios de las relaciones humanas: manipulación, chantaje, dominio, seducción. La gran diferencia es que, en estos intentos, el hombre siempre lleva las de perder. Dios es soberano y no se deja enredar por el hombre, y el hombre que lo intenta es un necio si piensa que puede manejar a Dios a su arbitrio. Cuantas veces nuestra oración se orienta en estos términos: Señor, si me das esto, te prometo que…; si me concedes tal cosa, aumentaré mis limosnas…

Como Dios conoce bien al hombre, en ocasiones se digna rebajarse a nuestros esquemas y acepta negociar, pero siempre —claro está— manteniendo las distancias y señalando al hombre los límites que no debe traspasar. El hombre profundamente religioso lo sabe y, si negocia algo con Dios, siempre se sitúa en su nivel de

La liturgia de este domingo nos presenta dos escenas de hospitalidad, tan característica del pueblo judío y, en general, de la cultura semita. Abraham acoge en su tienda de nómada a tres hombres que, según el texto bíblico, son imagen del Dios que se aparece al patriarca. La tradición ha visto en ellos un símbolo de la Trinidad, representada bajo la figura de tres ángeles sentados en torno a una mesa. Abraham les prepara un banquete y ellos, en correspondencia, le prometen que su anciana mujer dará a luz un hijo al cabo de un año, que será el hijo de la promesa, Isaac.

En el Evangelio, Jesús es recibido en casa de dos hermanas Marta y María, hermanas de Lázaro, que también le obsequian con un banquete. Durante su preparación, Marta se queja a Jesús de que su hermana no le ayuda en la preparación de la mesa, pues María, sentada a

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